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FamiliaDazMontero


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Me ocasionó bastante sentimiento la noticia de perder a Juana como vecina, y fui sincera cuando le dije, al despedirme de ella: "Espero que nos volvamos a ver". Pero me quedé atónita al leer su carta diciéndome que, de paso hacia otra ciudad, ella, los niños y el perro esperaban tener el placer de quedarse dos o tres semanas con nosotros. Ciertamente hay amigas cuya compañía nos es muy grata durante breves visitas pero que no necesariamente quisiéramos tener en casa las veinticuatro horas del día. Y recordando a los incansables hijos de Juana y su perro pastor alemán, me estremecí. Pero... ¿cómo decir no a una amiga? Le contesté con una nota absolutamente insincera, asegurándole que nos encantaría recibirlos. ¿Por qué no le dije la verdad, que me complacería mucho una visita breve, pero que tres semanas eran demasiado? Sencillamente porque, como la mayoría de la gente, detesto dar negativas. Obligada a elegir entre lo que otros quieren que haga y mis deseos, me es imposible optar por estos últimos sin sentirme culpable. Ayudar al prójimo es parte importante de la vida, pero no significa que debamos prodigar nuestro tiempo y nuestra energía a todo el que los solicite. Porque, para que un gesto tenga verdadera utilidad y lo agradezcan, debe ser algo espontáneo por parte de quien desee ayudar. Si por asentir a cualquier petición acabamos sintiéndonos culpables, explotados o víctimas de la ingratitud, lo más probable es que nuestro consentimiento proceda de razones equivocadas. Veamos algunas de las más comunes: para granjearnos aprobación y aceptación. A todos nos importa despertar simpatías, y cuando nos sentimos un tanto inseguros (quizá porque acabamos de mudarnos a otro barrio o por haber ingresado en un nuevo club) hacemos lo indecible por resultar "gratos". Cierta joven madre colocó a su niño en una guardería de tipo cooperativo. Decidida a demostrar su capacidad, aceptó participar en comisiones y realizar labores que los demás socios, al parecer, no tenían tiempo de llevar a cabo. El resultado fue que sufrió jaquecas y trastornos nerviosos. Y a pesar de todo seguía al margen del grupo de madres, pues las demás se sentían incómodas ante su diligencia (ya para entonces un tanto farisaica). Para no herir los sentimientos de alguien. Tratamos de no disgustar a quien estimamos. Por ello, cuando una buena amiga nos invita a cenar en compañía de un matrimonio al que no soportamos, nos consideramos obligados a aceptar... aun sabiendo que los anfitriones se percatarán de la tensión. El resultado puede ser precisamente lo que tratábamos de evitar: herir sentimientos ajenos. Para que nos correspondan los favores. Quizá accedamos a regar las plantas de los vecinos y alimentar a su gato durante los dos meses que estarán de viaje, con la esperanza de que ellos cuiden a su vez de nuestros perros en las vacaciones de Navidad. Y tal vez nos llevemos una gran desilusión. A la inversa: si alguien a quien apenas conocemos se ofrece a cuidar de nuestro hijo de dos años mientras vamos de compras, o nos regala bulbos de plantas para el jardín y mermelada casera, desconfiemos: acaso esa persona lo haga con miras a obtener una compensación material o emocional. ¿Por qué es tan importante aprender a decir "no"? Porque cada vez que accedemos a algo de mal grado fomentamos el resentimiento, y llegará un momento en que esta carga de ira contenida se traducirá en ataques de depresión, urticaria, dolores de cabeza, úlceras y otros síntomas psicosomáticos. Una negativa bien ponderada es otra manera de afirmar: "Tengo derecho a ser yo mismo". No hay por qué avergonzarse de marcar los límites de nuestra generosidad y tolerancia. Quienes convierten la abnegación en principio rector de su existencia, niegan su propia humanidad. Aunque se comporten como si fueran más nobles que aquellos a quienes ayudan, con frecuencia se menosprecian a mismos. Al fin y al cabo, se dicen, gastar tiempo y energía no tiene importancia. Pero la persona realmente altruista debe amarse a misma como a los demás. "Sí es una virtud amar al prójimo como ser humano", declara el psicoanalista y escritor Eric From, "tiene que ser una virtud -y no un vicio- amarme a mismo, puesto que también soy un ser humano". Por tanto, ¿cuándo deberá responder con un "no" la persona que se respete a misma? Enunciemos algunas directrices: Rechace las peticiones desconsideradas e irrazonables. Usted es una persona, no un par de manos ni un medio de transporte.
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